12 octubre 2010

Fragmento de un relato en curso de Héctor Manuel Bonilla

Óleo de Saskia Juárez

A medio trote cabalgué hasta el rancho, pasé por el camposanto y me apeé. Amarré el caballo a los árboles del lindero y fui a saludar a mi gente a sus tumbas. Arranqué alguna hierba y con el sombrero en la mano, recé un padrenuestro. Papá, mamá, mis abuelos y tres tíos eran toda mi familia y estaban enterrados. Me llevé la mano al cuello buscando la medallita que mi abuela me dio, monté el cuaco y me fui al rancho.

Divisé la casita y los árboles, pero no me apercibí del descuido en que estaba hasta que llegué a la entrada. El patio siempre barrido y regado, ahora era un monte de hierba y matorral. Las matas que tanto quería mi abuela se habían secado hacía tiempo. El tejamanil parecía que se caería a pedazos y las ventanas cerradas no me dejaron ver si todavía había algo. La cadena y el candado que guardaban la entrada, herrumbrosos hicieron que batallara al abrir. Apenas crucé el umbral vi que el tejado todavía servía, solo algunos hacecillos de luz atravesaban la penumbra, cerré la puerta. Abrí una ventana trasera y se alumbró el polvo que cubría todo. Cuando me fui le dije a una tía que le encargaba la casa, pero seguro que solo vendría cada año. Las fotos de mis abuelos, la de Pancho Villa y el crucifijo aún colgaban en la pared.

Abrí la puerta de atrás y una cortina cerrada de zacate y polocotes no me dejaron ver más allá. Mejor, así no se darían cuenta de mi regreso.

Sacudí la cama, me tiré atravesado apenas quitándome las botas, el cansancio y el sueño atrasado me vencieron y en el sentimiento relajante de la querencia que da la casa de uno me dormí. Desperté en la madrugada, prendí el mechero de queroseno, fui a la cocina y en la chimenea del fogón metí la mano hacia arriba y busqué a tientas la pistola que había dejado envuelta en una bolsa de plástico junto con una caja de cartuchos.

Me acordé de mi tío Diego Morales, que en su agonía me mandó llamar y me dio el arma, yo era un huerco de trece años y aunque mi abuela se opuso al principio, no tuvo más remedio que aceptar aunque con admoniciones y advertencias. Me dijo –Te la doy cuando cumplas dieciocho. Y no supe más de ella hasta el día en la hora del almuerzo, del día de mi cumpleaños,  en que metió la mano en el tiro del fogón y sacó el paquete envuelto en un paliacate aceitado negro de hollín. Seria me dijo – No la uses contra la buena gente, úsala para defenderte y defender tu honra. Acuérdate de tus tíos abuelos y me contó la historia, ya cien veces narrada de los cinco tíos, hermanos de mi abuelo que murieron en una emboscada en la rebelión enriquista. Fuera tan fácil, en este tiempo no hay hombres bragados como antes. Mi abuelo se salvó de pura suerte, amaneció con calenturas y no pudo ir a la junta con sus camaradas y en el camino, en un recodo, nomás se oyó el tronar de los cuetes y carabinas. Fueron siete muertos, cinco de mi familia. Pero que atravesados los canijos. Mi tío Diego había andado como siempre medio escondido, medio desconfiado. Nunca dormía en la misma casa, la pasaba en descampado, desguarnecía la mulita trotona y en donde le oscureciera ahí tendía la lona y ponía la silla de cabecera, siempre pal norte. Cuarterón, alto, flaco y correoso, decían que naiden como él pa domar potros, buscar minas y cazar venados. Parece que lo estoy viendo. Cuando yo tenía seis años me puse muy malo y quedé hecho un hueso, tan flaco que todos pensaron que me iba, me veían y movían la cabeza de lástima. Mi tío me vio y le dijo a mi abuela – Chelo, empréstame al nene, me lo voy a llevar a la sierra ora que voy a buscar vetas. Mi abuela me vio con tristeza, carraspeando y limpiándose las lágrimas con el delantal, aceptó. Quizá pensó que era mejor que me muriera lejos. Ojos que no ven corazón que no siente.

Apenas podía mantenerme en pié de la debilidad. La abuela hizo un bulto con mi ropa y se lo pasó a mi tío, que me agarró del brazo, me alzó y me echó en ancas. Era de madrugada y recuerdo que desperté ya casi al mediodía en una joya, mi tío sacó el bastimento que llevaba. Unos tacos de harina con frijoles y chile del monte. Abrió un bote de café con leche todavía tibio y nos sentamos en una piedra a comer. --A que huerco mondao, yo te voy a curar ora lo verás.

Fueron seis meses duros, de friega. En ese tiempo tío Diego tenía un caballo prieto, grandote y muy manso. Platicaba más con él que conmigo a veces, ahora caigo, para que yo entendiera y no tuviera oportunidad de regañarme. Era duro pero justo, nunca me maltrató. Por ese tiempo ya andaba llegando a los cincuenta, muchachón diría mi abuela y la gente para referirse a los cuarentones solteros. Pero ya había sido casado, enviudó y perdió a su único hijo en una epidemia de viruelas. Anduvo con los magonistas y era su costumbre que a donde iba a estar más de seis meses, desmontaba, desenraizaba, levantaba un campamento y en el centro encajaba la lata más derecha y más larga para izar la bandera rojinegra. Todavía la guardaba en las alforjas, doblada con la bandera tricolor. Tenía en el monte infinidad de escondrijos, en donde guardaba armas, municiones y comisaria. Después de comer nos adentramos en la sierra por un cañón que al principio solo era un arroyito entre dos lomas bajas, poco a poco la sombra de las paredes de roca pelona oscurecieron y refrescaron el camino. Al anochecer llegamos a una cueva que usaba para acampar cuando entraba a la sierra y guardar tantas cosas como le fueran necesarias. Manojos de hierbas, cueros de venado, cacerolas, una carabina 30-30, cartuchos, trampas, frazadas, de todo tenía allí. Pernoctamos en la cueva, tenía hasta fogón y después de revisar que no hubiera alimañas nos tendimos sobre lonas, colchas y arpilleras. Yo estaba como pasmado, a mi edad no tenía gran cosa en que pensar y si mucho que sentir. Extrañaba a mi abuela y aunque era un poco seca, me quería mucho. Siempre me sentaba a su lado, escuchando sus historias y anécdotas, fuera cuando cosía, fuera cuando hacía tortillas de harina o la acompañaba a buscar blanquillos. Pero mi tío no me dio tiempo a extrañarla, me mantenía ocupado y aunque pareciera que platicaba consigo mismo o con el caballo, tenía historias interesantes a las que ponía atención. La cueva olía bien, a hierbas, a tabaco y a machero. El caballo dormía adentro por los pumas o el tigre y se oían sus resoplidos y de vez en cuando sus pedos. Me costó trabajo dormirme, extrañaba la casa, pero mi tío hablaba, hablaba y hablaba y me arrulló su perorata.

Salimos pardeando, yo más alerta por la curiosidad y la novedad. Me dijo que me pusiera abusado con las ramas porque nos íbamos a meter al monte. Cuando sentía que mi tío se ladeaba yo también lo hacía, aunque no se veía nada.

Siempre he dividido mi corta vida en antes o después de tío Diego. Yo se que a los veinticuatro años es pretencioso, pero si lo vemos desde el punto de vista de alguien a quien daban por desahuciado y que como dijo mi abuela, viví de milagro, puede comprenderse. Tío Diego me volvió a la vida y me enseñó a vivirla como debía ser: hasta el tope. Pasamos ya con el sol asomando por una poza y un pequeño salto, la mañana estaba fría, aún en verano. Nos apeamos y lo primero que hizo fue aventarme al agua, la sorpresa y lo frío del agua terminaron por despertarme y cuando la desesperación por respirar hacía que saliera a la superficie, la misma desesperación me hundía de nuevo, hasta que  me sacó de la camisa. Me puso al sol y me fue quitando la ropa, yo tiritaba y lo veía con cierto miedo y resentimiento pero no lloré, solo el moco que sorbía una y otra vez hacía parecer que lo estaba haciendo. Agarró unas hojas grandes y me sonó, han de haber sido de polocote porque raspaban.

Allí, mientras me secaba hizo una lumbre y desayunamos. Carne seca, té de laurel y gordas de manteca y miel. Comí como nunca y ya sin frío y reanimado emprendimos la marcha. Mi tío iba como chiflando muy bajo y de vez en cuando decía algo. Íbamos por la orilla del arroyo, pegados al reliz, del lado de la sombra. Las ancas del caballo se sienten, una si, una no, una si, una no y terminan por cansar, además que uno se va resbalando y tienes que jalarte de la yompa para volverte a subir, luego como el suadero no alcanza el caballo suda y te moja las asentaderas o la silla te lastima dentro de los muslos. Es difícil andar en ancas.
Con el sol sobre la cabeza llegamos a un ranchito perdido entre la sierra. Amigo de mi tío, el ranchero se llamaba Pedrito y se dedicaba a criar cabras, tallar lechuguilla y hacer mezcal. Los perros avisaron de nuestra llegada y cuando desmontamos frente a la cocinita de la que salía un hilo de humo, Pedrito ya nos esperaba con un pocillo con agua. ¿cómo le va Diego? ¿Y ora de dónde sacó hijo? --Se llama Felipe, es mi sobrino, lo ando amaestrando. En la casita de junto salió un niño como de mi edad, chamagoso y con los pelos duros de mugre y se quedó detrás del vano de la puerta, dejando ver media cara. La mujer de Pedrito que estaba echando tortillas, asomó por la entrada a la cocina limpiándose las manos con el delantal mugroso y con voz chillona dijo ---Pásenle, guisé armadillo, lo mató mi viejo anoche. Está bien tiernito. Dolorido de las nalgas por las ancas, caminar era un alivio y pareciera mentira pero tenía hambre. Mi tío se acercó al fogón y se sentó en una piedra que servía de silla, Pedrito retomó su plato y los tres comimos armadillo guisado con masita, frijoles de la olla y agua de chía. Este huerco está muy flaco Diego, ¿está malo o qué? Sí, yo creo más bien que está encanijado. Le dije a su abuela que lo traería para... y en murmullo se perdió lo que decía. Pedrito me vio con lástima y me tocó la cabeza. Dale mezcal, una copita en el almuerzo, en la comida y en la cena, se compone. --Con té de amargosa, terció la doña, como agua de uso y así empezaron a citar cuantas hierbas servían para mi caso. --Oye primo préstame uno de tus burros, el chamaco ya se cansó de las ancas. Y así fue como tuve un burro en que cabalgar y que me permitió a ver todo, porque en ancas la espalda de mi tío no me dejaba ver nada. Allí va un venado y yo decía ¿dónde? y solo veía la espalda del tío. Así que a partir de ese momento pude gozar del paisaje a mis anchas. Yo no sabía chiflar pero mi tío que siempre estaba silbando por lo bajo me contagió la manía, así que tras ensayar mucho aprendí. Me imagino la pareja que hacíamos cabalgando, el tío en el cuaco prieto y grandote y yo escuincle en el burrito atrás, supongo que éramos como centauro padre y centauro hijo. El burro era sanchito, y aunque de paso apurado para seguir al caballo, tío Diego le había puesto un suadero doblado y cinchado que me hacía cómodo el viaje, para no sentir el espinazo. Yo creo que le simpaticé. Nunca reparó. A lo mejor quería vivir la aventura o huir del trato de su dueño. Como sea hasta ahora nunca he cabalgado mejor que en el prieto como le pusimos. Esos primeros días me los recuerdo muy bien, todo era nuevo para mí. Viajábamos despacio, sin prisas, como sin saber a dónde. No hubo día de los seis meses que no haya disfrutado. El olor del monte, los diferentes animales, pájaros, lagartijas y víboras. Aprendí a robarles miel a las abejas que hacían sus colmenas en huecos de los árboles y relices. Hacer trampas para codornices y palomas, poner el café, amasar tortillas de harina, persogar los animales y hasta estrellas conocí como las siete cabrillas, la osa mayor y la menor. Buscar comida del monte, granjenos, tunas, pitahayas, quelites, nopales, jacubes y hasta juntar mezquites para hacer tepache. Fue como una escuela. Después de este viaje, aunque estaba huerco, no me hubiera muerto de hambre en el monte. Se me quitó el miedo a la oscuridad. Mi tío me dio un tranchete  cachicuerno y me dijo –Mira ten, es un cuchillo al que tienen miedo las brujas, los aparecidos y hasta el diablo. Cuando oigas algo que no sepas nomás apriétalo y nada te pasará. Así que en la noche más oscura, con mi cuchillo y una vara para mover el camino delante por si había víboras, podía apartarme del campamento.

Cuando llegamos al encinar, ya muy adentro de la sierra, el aire era mas ralo, pero olía muy bonito. Ya no me sentía débil ni enfermo. Mi tío dijo que ya me estaban saliendo chapas aunque estaba muy flaco todavía. A veces lo encontraba, cuando volteaba a verlo, que se me quedaba viendo con unos ojos como los de mi abuela. ----Felipe, fíjate que suerte la nuestra, solos en el mundo tú y yo. Tú sin padres y yo sin familia. Por eso nos acompañamos ¿o no? Y luego luego decía --- ¡Ah que huerco hediondo¡ ya duérmete.

En esos meses vimos poca gente, algunos que vivían enmontados, huidos o simplemente que les gustaba vivir en la sierra, que se mantenían como tramperos de tigrillos o pájaros y pericos. A la mayoría les daba gusto encontrar con quien platicar y saber de las noticias del plan. Tío Diego los conocía a todos y cambiaba cosas con ellos. Cartuchos, café, harina y a veces conseguía una pepita de oro y como no queriendo les sacaba por donde la habían encontrado y al siguiente día nos encaminábamos hacia allá. Esperaba que fuera el mediodía o poco antes y buscaba en las paredes del cañón. –Donde veas un relumbrón me dices. Le decía allá e iba y con mucho cuidado revisaba. ---Es pirita o es plomo. Pero si veía posibilidades nos quedábamos un tiempito para revisar bien. Hacía una marca en el árbol más grande y cercano y nos íbamos. Ese día mi tío mató un venado, lo desolló, saló la carne y nos comimos los dentros guisados con la sangre y hierbas como en fritada.  El agua la cargaba en una bolsa de lona que la mantenía fría, aunque era abundante en manantiales que nacían y a los pocos metros se volvían a perder entre las piedras. Mi tío era bueno con el treinta, siempre les pegaba en la cabeza o en el pescuezo. Me enseñó a tirar y a poner trampas pero nunca mataba venadas o cervatillos. A los osos nunca les tiró y de los pumas y jaguares decía que no se comían. Pero lo que eran tlacuaches y armadillos por lo menos comíamos una vez por semana. Conforme más tiempo pasaba en el monte mejor me sentía, poco a poco pude respirar mejor, el aire de la sierra –decía mi tío- es lo mejor. Ya no tosía y sentía que la ropa se iba llenando. Total que un día en lugar de seguir abajo en el cañón, empezamos a subir por una vereda en la ladera. Mi tío dijo que me fuera en ancas y amarró al prieto a la cabeza de la silla. Empezamos a subir muy temprano, antes de que amaneciera y cuando el sol apenas había salido vi como las nubes resbalaban por la ladera del otro lado del cañón como si se fueran desenrollando. Después del mediodía ya tardeando llegamos al puerto, donde estaba el cruce de un lado al otro de la montaña. Allí a poco tenía un ranchito una parienta de mi tío, así le decía a una prima lejana con la que mantenía relaciones tres meses al año según supe después., Total allí pasamos como cuatro meses.  Al principio Isabel me veía como con desconfianza y un día me preguntó, cuando no estaba el tío, que como se llamaban mis padres y  que había pasado con ellos y que con quien vivía, total que cuando terminé de contarle lo de mamá me agarró fuerte y me abrazó y me plantó un beso en el cachete. Yo me sonrojé, porque mi abuela nunca me besaba ni abrazaba, pero me gustó que mi tía Isabel me quisiera. Cuando regresó mi tío,  Isabel estaba echando tortillas de harina y tarareando y con mucho gusto guisó un cabrito ya muerto que trajo el tío de una ranchería cercana. Me acuerdo como cenamos los tres, mi tío sacó el mezcal y vació tres vasos, a mí siempre me daba porque lo recomendó Pedrito y su mujer y aunque yo no sabía por eso dormía yo muy bien. Me acuerdo de aquella noche tan bonita, en la mesa todos riéndonos con el quinqué en el centro de la mesa. No me acuerdo de que nos reíamos solo que estábamos felices de estar los tres juntos. Esos días me la pasé jugando, allá arriba en la sierra el viento de la tarde es muy agradable, fresco y oloroso a encina. La cabaña de Tía Isabel era de piedra con techo de tejamanil que sobresalía en un portalito, con corral y un granero de piedra seca. La entrada estaba para donde el sol sale y la parte de atrás recargada en un reliz no muy alto. Al frente una explanada con encinas y pasto y de allí se divisaba hasta el mar. Allí en ese campo volaba papalotes o huilas que Isabel me enseñó a hacer. Me la pasaba toda la mañana jugando solo y después de comer le ayudaba a Isabel a traer las cabras y encerrarlas. Una noche que llegó mi tío Diego, apenas llegando empezó a llover y nos sentamos a la mesa a platicar. El ruido de la lluvia en el techo apenas dejaba oír los cuentos. La luz llanera, la llorona, de tesoros escondidos, diablos y matazones. Conforme oía se me iba enchinando el cuero y apretaba el tranchete en mi bolsa. Bueno debía decir que allí habíamos cuatro, el perro de mi tía Isabel me faltaba y sería injusto no platicar de él. Se llamaba palomo, un perro grande que cuidaba a Isabel y a las cabras. Desde el principio me agarró cariño y no faltaba oportunidad de jugar y además dormía conmigo. En la plática aunque me estremecía, el palomo me daba seguridad porque lo tenía a mis pies. Mi tío iba de un lado a otro, compraba y vendía mezcal, cabras, caballos, pieles, y armas. Era bien conocido en toda la sierra y no tengo bien claro si las tierras eran de él o de tía Isabel pero no era eso lo que lo ataba al ranchito. El decía que solo tres meses la pasaba allí pero no era cierto. La verdad que cuando juntaba un cargamento de barricas iba hasta la frontera y las pasaba de contrabando y de regreso traía géneros, herramientas, armas y municiones.  Tenía muchos amigos pateros, de esos que tenían una barquita de lona y varas que parecían patos y que pasaban gente y mercancías. Su cruce era en La Palangana en donde teníamos parientes de uno y otro lado. En el otro lado mis abuelos habían vivido en un rancho que se llamaba La Puerta, allí nació mi tío Frankie, se llamaba Francisco pero como nació allá así le dicen. El abuelo hacía bromas sobre los “bolillos” y a su forma de vida. Mi abuela decía que cuando llegaron a La Puerta mi abuelo fue a comprar a la tienda cosas para comer y que preguntó que tenían y le contestaron que leche condenada (condensada) y jamón del diablo, él se “persinó” y dijo -- ¡Ave María Purísima! Tío Diego decía que los bolillos eran muy ordenados y santurrones pero que algunos eran buenos. Que no le gustaba vivir en el otro lado porque no le gustaba vivir con la pata en el pescuezo y que lo único que le gustaba de allá era el tabaco, que compraba en bolsitas de lona y que forjaba con hojas finas de maíz. Como al mes llegó un viejito al ranchito, Carpio, de una cara tan arrugada, un bigotote amarillo y chaparrito chaparrito, mi tío le decía que parecía duende. Tocaba la armónica y en las noches se oía desde el granero en donde dormía como tocaba una música triste las más de las veces. Solo cuando le entraba al mezcal tocaba piezas alegres, que nos gustaban a Isabel y a mí. Comíamos rico en el ranchito, Isabel ordeñaba a las chivas y desayunábamos té de laurel con leche de cabra, tortillas de harina, frijoles y de todo, huevos con chorizo, con machacado, queso de cabra. De todo. Las tortillas de harina le quedaban muy delgaditas, no como las de mi abuela, que eran gordas y a veces sabían a cebolla o ajo o lo que hubiera picado antes en la tabla. Pero lo que extrañaba era el café, porque mi abuela lo primero que hacía al levantarnos era darnos una taza de café con leche endulzada con piloncillo. Ya después de grande el café lo tomo solo, pero de la primera taza siempre dejo unos dos dedos y luego desayuno con el poquito café frío que queda. Es algo que me viene desde chico. En la comida pollo, cabrito o carne de puerco o lo que cazaba tío Diego. No era muy diferente que en casa de mi abuela. Como les dije yo tenía seis años y el aire de allá me hacía bien, además de los tragos de mezcal que me daba tío Diego que cuando llegué con Isabel me lo fueron haciendo menos porque me lo daban con agua. Yo iba agarrando carnes y la ropa que me puso mi abuela en el liacho ya no me quedaba, así que Isabel me cosió unos pantalones y unas camisas, yo nunca me vi en un espejo porque el único que tenían era el de la colgadera de sacos y sombreros y estaba muy alto, solo lo usaban Isabel para peinarse y mi tío para rasurarse. El burro que nos dio Pedrito, el prieto, se nos quedó y mi tío tuvo que hacer una corralera de piedra con un tejabán porque no cabían en el redil el prieto y el penco. Hubo un día en que hizo mucho calor y tuvimos que dormir afuera, sacamos los catres de lona y nos tendimos a la luz de la luna que tenía un anillo redondo, mi tío dijo que iban a empezar las aguas y que en una semana más nos iríamos de regreso porque ya tenía una carga buena de mezcal-. Al otro día salió y regresó con dos mulas que sacó fiadas, así que dijo que podría llevar unas catorce barricas. Que como yo ya estaba mejor e íbamos de bajada no serían mucha carga para las bestias. Yo nací en 1924 así que este año era 1930 y mi tío desde 1922 se dedicaba al contrabando de alcohol cruzando el Río Bravo. Mucho tiempo después me platicó que había vivido desde los veinte años en Estados Unidos y que en 1921 fue expulsado sin más, dejando allá su casa ya propia y todos sus enseres. Se había casado con una media bolilla que también fue deportada. Ella murió aquí en México en años de miseria. Por eso mi tío les tenía ojeriza a los gringos y había abrazado al anarquismo como su ideal y el contrabando como venganza.

El camino de regreso fue fácil, lo difícil fue la despedida, yo le había agarrado cariño a Isabel, ella lloró y yo también. Le dijo a mi tío que me trajera de regreso, que me cuidaría como una madre. Salimos al amanecer, ya con luz porque el camino era dificultoso. Bajamos a medio día, los dos atrás de las bestias cargadas, paso a paso. Los zapatos me lastimaban las uñas en la bajada y quería pararme pero no dije nada. El regreso fue más rápido, después de bajar la cuesta el camino, sentía yo, era pajito, pajito.