26 abril 2012

Amanecer en Atixtaca



Un manto fino de niebla se cuela entre los pinos, como fugaces sahumerios azules y plateados, así bañaba la humedad el agreste rumor del amanecer. Me incorporo y, como es costumbre, mis compañeros citadinos continúan envueltos en sus bolsas de dormir, pues el viaje desde Agua Blanca fue más cansado entre los brincos y sacudidas de una brecha sinuosa que baja;  yo por mi parte me dirijo al balcón de la cabaña, a saludar a las matas del patio bañadas de rocío, los colorines con sus bracitos colorados, los naranjales hechos todos perfume, el gruñido de los marranos tan pulcros e incomprendidos y no podían faltar los indispensables cánticos de los gallos, esas aves traídas de un trópico lejano que disputan su territorio y sus hembras a todo pulmón de un lado a otro del valle, mientras como de milagro el canto agudo y melodioso del clarín se escapa de entre las laderas circundantes allá por el lado suroeste del cerro sagrado con su copete nebuloso, apenas y en esas laderas empinadas quedan todavía bosques de niebla donde nadie los alcanza, porque aunque Zacualpan ostente orgulloso el premio al mérito forestal, yo sé, yo solo sé, que no es ningún mérito haber cambiado la moneda de los bosques prístinos de niebla por un puñado de plantaciones forestales de pinos y mirras que asemejan los parches cuadrados de una cobija de estambre en la imperiosa ondulación de los cerros, esos cerros preciosos, que respiran, pude ver su respiración en medio de aquel húmedo amanecer de febrero en plena huasteca veracruzana, en plena sierra otomí.