28 enero 2013

Rapsodia del Nuevo Reyno de León (fragmento)

Texto de Ernesto Rangel Domene y pinturas de la artista neolonesa Saskia Juárez

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I

Altiva Patria de mi brava serranía
ardiente y suave en azahares de tus huertas
mediterránea por palmeras y sequía
permite que el poeta cante tus desiertos,
llanuras, y el trigo de la rubia Galeana,
el castillo imponente de las rocas yertas
y en Zaragoza altísima, novia lejana,
los inmensos pinares donde aún la vida
es agua clara y azul, es pura y humana;
de Aramberri su oasis que es huerta florida
de aguacates frondosos y acequia profunda
y a Iturbide hermosa, que es serrana garrida.
Al vasto cielo canto y la lluvia que inunda
las tierras labrantías y después se niega
inclemente a los ruegos de miseria inmunda,
al clamor de los niños de Mier y Noriega
y al sudor de los viejos y el pan que no alcanza
desde este avaro suelo de tan ardua siega,
de tallar lechuguilla por Doctor Arroyo,
y elevo mi mejor canción por la esperanza
y afirmo un báculo de amor y en él me apoyo.



II

En el camino de Santiago y en sus cobres
hierve la apetitosa calabaza en tacha
nuestros afables, recios campesinos pobres,
gimen molinos de molienda, cae el hacha,
y tomo un vaso de aguamiel mientras se ríe
con ojos de naranja verde una muchacha;
y hay un plétorico rumor en cuanto fríe
y el oro de la abeja, tal una ambrosía
en el paisaje de la tarde se deslíe,
oigo en los prados la feliz algarabía
de un pueblo que el domingo es felicísimo
y el lunes vuelve a la tristeza más sombría;
con el picor del piquín que es picantísimo
acompaño el maíz, los rojizos tamales
y el ardor agoto en aguamiel dulcísimo,
torre del piloncillo que disipa males,
en estas tierras donde al rico dejó manco
y ayudó al pobre y asoló pueblos y zonas
Agapito Treviño en su caballo blanco.


III

Seguir la ruta al norte hasta llegar a Herreras
¡cuán alegre pueblo de baile a taconazos!
vestimentas de cuero y faldas volanderas
las parejas giran trenzadas de los brazos
y al ritmo vigoroso de los cuerpos fieles
la tarima retumba con fugaces pasos
que semejan airadas coces de corceles,
y son lo mismo al cabalgar que en el amor
ecuestres cópulas muy briosas y muy crueles,
el pueblo es uno en fiesta de tal esplendor,
la plaza es una y sola y grande carcajada
y ya una vez pasado todo aquel fragor,
oír las canciones en la noche estrellada
bajo sexto acordeón y acoyotadas voces,
entre la carne seca y con la carne asada
o el coral de la carne que en la cama goces.

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IV

Crecen en nuestra erguida Patria montañosa
de contrarios solares, valles y desiertos
tanto los cardos, las violetas o la rosa
alfombrillas humildes y opulentos huertos;
hay colinas teñidas de azules corolas
y girasoles gallardos siempre despiertos,
rojas en el trigal las rojas amapolas
y el trigal ondula como un mar inconsútil
sin reposo ni sueño al cantar de sus olas,
y el esfuerzo por defender maizales, fútil,
los hurtan malditas urracas enemigas
que cagan al espantapájaros inútil.
Y yo recuerdo en mi niñez a las hormigas
las nimias catarinas, la sensual prestancia
de la complicidad de tórtolas amigas;
se va poblando el campo todo de fragancia
con delicados huizaches melancólicos
y la amarilla flor querida de mi infancia:
niebla de guitarra entre amigos alcohólicos.
Lechuguilla, acuarela de Héctor Cantú Ojeda.
Estos paisajes agrestes y bucólicos
igual los cruzan hombres buenos, descreídos,
libidinosos curas -aunque católicos-.



V

Y he visto mezquites en lares montesinos,
los brazos muy rugosos y muy retorcidos
y oscuros, como son en nuestros campesinos;
parecen terrones de la tierra salidos,
son uno en el paisaje tal que se confunden
con árboles y piedras, pájaros y nidos
y con el barro y sol, el viento en que se funden
son manos, zurcos que celebran esponsales
que providente lluvia esperan los fecunden,
tierras de abundantes y espinudos nopales
órganos fálicos, biznagas como erizos,
uña de gato en los cerrados chaparrales
y al horizonte inmenso el redondo cenizo
gobernadora y cardo y palma del desierto,
y bajo la llanura del cielo plomizo
hay inefables florecillas que no acierto
su nombre, mas no así mi corazón, mis ojos
y mis manos, que a todos aman en el huerto
en ortos nacarados y en ponientes rojos.


VI

Y ver en Hidalgo la paciencia del pico
de ave carpintera que en un árbol taladre,
los torreones gemelos de Potrero Chico
maciza cordillera al fondo, nuestra Madre,
y las casitas de sillar, ceñida barda,
temor de que un perro te muerda aunque te ladre,
dilatado el silencio de la tarde parda,
bandera de humo en esbelta chimenea
y el lento ambarino crepúsculo que tarda;
Naranjos, óleo de Javier Sánchez
el humo es blanca bailarina que bracea
y en el corral de piedra de mansas ovejas
donde a ordeñar acuden jóvenes y viejas
ya sin recato alguno el burro que se mea.
Y yo recuerdo en García patios, las acequias
y otrora los huertos feraces y sombríos
de estos pueblos que se nos mueren sin exequias,
e higueras y nogales, providentes ríos
amamantaban aguacates y granados
y eran muy bellos y vivientes caseríos,
y ahora están las tierras secas sin ganados.




VII

Hay placitas con sol y la gente se aburre
sedentes solteronas que por los visillos
ven la vida pasar y todo lo que ocurre;
jóvenes que acuden en alegres corrillos
por Higueras y Zuazua y en lugares varios,
con desenfado giran y observan sencillos,
zagalas que avanzan en círculos contrarios
tanto a los requiebros como al amor furtivas
y viejas que recitan eternos rosarios;
las copas de árboles se pueblan de festivas
y alborozadas calandrias, urracas, tordos,
que organizan también rondas intempestivas
y es tal la algarabía entre flacos y gordos
que se olvidan tristezas y antiguos rencores,
y no lejos del pueblo cementerios sordos,
pues en la plaza siguen los nuevos amores.

http://saskia-juarez.com/nobot/html-obras50/img/2001%20-%20Reflejos%20-%20%C3%B3leo%20sobre%20tela%20-%20120%20x%20150%20cm.JPG

V I I I

Dicen que Cadereyta es pueblo de extraviados:
será por sus mujeres bellas, y azahares
que allá por Atongo marean con sus recados.
Marín junto a su río y grandes arboledas,
yo recuerdo un día la gira venatoria
que con Fernández hice en rudas polvaredas,
como también allá por Salinas Victoria
fogatas y tranquila gente en noche oscura,
y oir cantar a los rancheros tanta historia.
Villa Juárez de mi niñez lejana y pura,
a la vera de un río todavía muy claro
pozas hondas, frías, la vida tal llanura
aún no recorrida, y el recuerdo caro
de un bosque de luciérnagas en la espesura,
y un aroma en el viento inolvidable y raro.
Y en Sabinas un ojo de agua en tal hondura
cual un oasis por sabinos custodiado,
y escuchar en joviales risas su frescura
y en todo sitio de este suelo tan amado
por Vallecillo y EI Carmen, por Abasolo
bajo el manto infinito del cielo estrellado
pensar en la vida, los hijos, pensar solo.
Sobre un camino en dos la Ciénega de Flores
partida está y he de aclarar que así se llama
por muy florida no, sino por moradores.
Y evoco el claror amarillo de retama
y a la orilla del agua un viento sosegado
en Pesquería y el Ramos, por el río San Juan
por el río Pilón, el Salinas y el Salado
mis amorosos recuerdos vienen y van.