12 octubre 2013

La conquista de América y la decadencia de los territorios bioculturales

Hoy es un día triste. Hoy se cumplen 521 años desde aquel día que se cuenta, llegó un hombre del viejo mundo a querer descubrir una ruta marítima diferente para llegar a los preciados recursos naturales de la India y se topó con este continente hermoso colmado de riqueza biocultural de polo a polo, actualmente mal llamado América. 

Los dioses, enferemedades, animales y plantas invasoras llegaron con ellos y se desperidgaron como pólvora bajo un yugo sangriento de españoles ávidos de tierras y una vida lozana, llevándose a su paso las vidas de los oriundos, que como vulgarmente dicen, fueron engañados para intercambiar oro por espejitos, aunque lo más preocupante no fue intercambiar nefasto oro, sino fue intercambiar sierras, ríos, mares y desiertos por un modo de vida estúpidamente "civilizado", que terminó por hundir en el crepitar insulso de las hogueras inquisidoras, siglos y siglos de sabiduría etnobiológica y cosmogónica de la verdadera historia de esta tierra. Poco se ha podido rescatar de esos códices que ardieron en el fuego. Afortunadamente una poca de esa sabiduría quedó en la carne viva de los  habitantes nativos, sin embargo fue obligada a mezclarse y transformarse para el agrado de un dios cristiano, por miedo a morir como los códices, en las llamas de ese infierno ficticio que tanto asusta a los creyentes, sin darse cuenta que el infierno fue aquí en la tierra y sigue siendo.

Al caer los conquistadores como plaga, los métodos de aprovechamiento de los recursos naturales dieron un vuelco, pues con ayuda de bueyes y caballos, con ingenios y moliendas, con pólvora y el peor de todos: la idea de patrón y peón, fue más fácil desbrozar los campos, talar las montañas, desvíar el río y matar a cuanto animal de monte se apareciera por las villas.

¿Y todo para qué? para venir a implementar un modo de vida civilizado en base a creencias religiosas, ciudades ordenadas, vida urbanita alejada de los montes y su barbarie silvestre, vida racional y amor ciego a un monarca que vivió a miles de kilómetros al otro lado del mar. Absurdo.

Y los nativos fueron obligados a someterse a este nuevo régimen, alejarse a los montes agrestes o perecer violentamente.

Situándome en mi nación biocultural,  José Escandon por ejemplo, fue según cuentan, ilustre domador del fiero seno mexicano (actual Tamaulipas, sur de Texas y parte de la huasteca Veracruzana), fundó 14 villas en nombre del Reino de Santander, villorrios de españoles y mestizos desperdigados al achecho de los salvajes Chichimecas, pero antes de aquella empresa, no fue sino un cobarde asesino de Pames, dejando su estela sangrienta en la Sierra Gorda de Querétaro antes de llegar a conquistar Tamaulipas, borrando ahí del mapaa decenas de pueblos de la nación Chichimeca, de quienes no conoceremos jamás su cultura, su lengua, su visión del universo...jamás. 

Asesinos de biocultura fueron y siguen siendo los conquistadores, ya no solo blancos ni europeos, sino de todo credo y procedencia, nefastos seres ávidos de riqueza inmediata que han decidido conquistar a punta de violencia pueblos nahuas, tepehuas, teeneks y totonacos en la sierra madre oriental para abrirle heridas a los cerros, para sacar sus metales, llenarlos de agua, hacer electricidad y demás parafernalias capitalistas.

Abramos los ojos, la conquista sigue, la conquista del pensamiento lleva como panacea la ignorancia, la conquista de los recursos lleva como panacea el progreso, la conquista de la vida lleva como panacea el desarrollo.

No importa ya el color de la piel, todos quienes atentan por extinguir de una u otra manera la riqueza biocultural de los territorios naturales son culpables, el que niega sus raíces y hace oídos sordos al genocidio y ecocidio es culpable, el que alaba la globalización, la tecnología y la ciencia por encima de sus lazos con la naturaleza también lo es. 

No seamos culpables y abracemos con fuerza nuestra verdadera identidad, nuestra región biocultural, nuestros saberes perdidos, nuestros mares, sierras y cielos, enseñemos a los niños a creer en otro México, el México libre de pensamiento, el México mestizo que añora su pasado indígena y lo enaltece, no lo borra ni lo olvida. Muera para siempre la festividad de el Descubrimiento de América.