03 agosto 2014

Permacultura desde mi biorregión

Desde hace algún tiempo, conocí lo que significa el término Permacultura. Fue allá por el año 2008, mismo año en el que abrí este espacio, cuando comencé por motivos laborales a leer mucho acerca del término y sencillamente quedé, como la mayoría, encantada a primera vista. Bill Mollison, un habitante de la sureña isla de Tasmania fue quien junto con su pupilo David Holmgren, a través de investigaciones, tesis y prácticas de campo, acuñaron el término y Mollison incluso es llamado el padre de la permacultura. Su bibliografía es extensa y suele estár relacionada a la manera en que los humanos deberíamos de obtener nuestros recursos a través de una agricultura que permanezca, no que degrade la tierra fértil. 


Bill Mollison.

Ésta es alguna de la bibliogrfía de Mollison y Holmgren:
  • Permaculture One: A Perennial Agriculture for Human Settlements (con David Holmgren, Trasworld Publishers, 1978)
  • Permaculture Two: Practical Design for Town and Country in Permanent Agriculture. Tagari Publications, 1979
  • Permaculture - A Designer's Manual. 1988.
  • Introduction to Permaculture. 1991, revisado 1997.
  • The Permaculture Book of Ferment and Human Nutrition. 1993, revisado 1997.
  • Travels in Dreams: An Autobiography. 1996. 
  • The Permaculture Way: Practical Steps To Create A Self-Sustaining World, con Graham Bell. 2005.
  • Smart Permaculture Design, con Jenny Allen. 2006.
La Permacultura no solo ha sido un término más a memorizar, ella se ha vuelto una oleada de nuevas propuestas de vida, se ha convertido en  toda una forma de pensar y un estilo en el cual podemos basarnos para entender desde otra arista, nuestro paso por la tierra.



Cuando conocí la permacultura, comencé a investigar, me volví insaciable y desee estar presente en todos los cursos  que veía publicados en internet, todos, o casi todos ofrecidos en granjas ecológicas en el centro-sur de México. Propuestas como Granja Tierramor en Michoacán, Centro Nierika en Edomex, Las Cañadas en Veracruz, Huehuecoyotl en Morelos, San Isidro en Tlaxcala, Granja Tierra del Sol en Oaxaca, el Octógono de Ruta Ahimsa en Querétaro, Intituto de Permacultura en Guanajuato y muchos más, fueron mi inspiración durante un par de años.




Sin embargo, como todo lo que no conocemos, al principio puede deslumbrarnos y una vez que lo hemos probado y lo conocemos, podemos dar un juicio mucho más acertado de su naturaleza. Así me pasó con la permacultura. 

El término en sí es una cajita de pandora, pues una sola palabra engloba todo un mundo de conocimientos que actualmente está "inn" en el mundo de los hipsters, ese grupo de la población urbanita actual que alardea de vivir consiente y ecológicamente. Considero loable lo que muchas personas al rededor del planeta han hecho con la luz que la permacultura les ha traído a sus vidas, desde cambiar pequeños hábitos como separar sus deshechos para hacer composta, hasta diseñarse sus propias casas bioclimáticas e irse a vivir a las famosas ecoaldeas.



No obstante todo lo bueno que la permacultura traída desde Tasmania puda haber provocado en el mundo, o desde mi caso, en México, me temo (y ojalá me equivoque), que más que ser un saber universal para que todos cambiemos la relación con el entorno, se ha convertido en una moda hipster bastante redituable en pesos, dólares, euros...






Fueron varios los cursos a los que deseé asistir con todo el corazón  para conocer una forma armónica de vivir, pero los costos siempre estuvieron fuera de mis posibilidades económicas. Entonces, como parte de mi trabajo etnobotánico en la Sierra Madre Oriental, la luz del conocimiento se me transmitió de otra forma, que desde mi forma de ver el mundo fue noble y transparente.


Creo que después de haber quedado maravillada con el término y lo que implica, llegué a la simple y llana conclusión (muy personal) de que más bien Mollison y Holmgren no cometieron más que la puntada de descubrir el hilo negro, como vulgarmente decimos en México para referirnos a que hay cosas que no se pueden descubrir porque ya son más que obvias o ya han sido anteriormente descubiertas.



Lo mismo creo que es la permacultura: el hilo negro de conocimientos que desde siempre han estado presentes en nuestros ancestros, solo que se les conjuntó y se fusionaron con una serie de adaptaciones y tecnologías modernas para convertirlo así en la llamada permacultura.
Pero en la raíz, el conocimiento de la permacultura subyace ahí, en lo local y en el devenir cotidiano de las personas del campo, que si bien con la incursión del falso progreso capitalista han transformado muchos saberes en técnicas nocivas, en el fondo el saber es el mismo y les ha permitido vivir en armonía con su ecosistema por cientos o quizá miles de años.

 




Desde los pericúes y cochimíes de Baja California Sur, hasta los Mayas de Quintana Roo, todas las étnias mexicanas tienen ese conocimiento etnobiológico de su entorno que les ha permitido prosperar en desiertos, selvas, montañas, costas y hasta pantanos. Si ese conocimiento se fusiona con los principios de la permacultura, imagínense el mundo de posibilidades está a nuestro alcance.

Fuera de espiritualismos e ideologías, el diseño de una vida en armonía con el entorno natural debe ser una meta para aspirar por todos, no una moda entre un grupo pequeño de personas, tampoco debería ser algo que se venda en forma de PDC (Certificación de Diseño de Permacultura), debido a que ese conocimiento no se forjó de pronto en la mente de Mollison y Holmgren, ese conocimiento ha existido desde que la humanidad se volvió sedentaria y comenzó a cultivar sus propios alimentos. Ese conocimiento es ancestral, milenario y sobre todo: libre, gratuito, permanente y heredable a través del tiempo.


El saber diseñar una vivienda vernácula desde los materiales locales, el conocer la dirección del viento, los nombres de las montañas, la posición de las cañadas, la época de siembra de las hortalizas, el jiloteo del maíz, la forma de acarrear el agua a través de acequias, la adaptación de las plantas autóctonas, el clima, la leña... todo ese conocimiento es PERMACULTURA PURA, y está ahí, en nuestros abuelos del campo, gratis y muriendo ante el desánimo de las nuevas generaciones rurales que migran incesantes a los núcleos urbanos, solo para descubrir que en la ciudad, muchos jóvenes urbanitas ahora quieren estar a la moda y ser ecológicos sembrando tomate en su azotea. Es parte de la solución, pero es solo la punta de una gran montaña, sin comprender los nexos que las ciudades tienen hacia los alimentos que provienen del campo, un campo mexicano devastado por los agroquímicos, los transgénicos y los monocultivos, poco podremos rescatar, no es cuestión de modas, es cuestión de sobrevivencia.

Por ello he decidido abandonar la búsqueda de conocimiento a través de la permacultura únicamente. Ahora que se que el verdadero conocimiento nace en lo local, ese saber que se está extinguiendo, en el seno de mi mexicaneidad, nace desde mi BIORREGIÓN aquí en la sierra y esa extremosa llanura costera, no tengo porqué tener como objetivo primordial asistir a cursos costosos traídos del otro lado del mundo, ni mucho menos certificarme, cuando la base medular de lo que necesito saber brota de nuestros ancestros del campo, ese saber ancestral que combinado con muchos de los saberes actuales hacen el mejor curso de permacultura, ese que se transmite en un mercado, una vereda o algún ranchito, ese saber que va suave de boca en boca, entre sorbos de café, pulque o agua fresca. Un saber ancestral-local- etnobiológico que debemos adoptar como nuestro y evitar que se pierda en el mar de las modas globales.