05 noviembre 2014

La reapropiación de la muerte en la sierra madre oriental de Puebla


Lo desconocido es fuente de prohibiciones. Se ha visto que nombrar lo innombrable —cualquiera que sea el modo en el que se haga— constituye una tentación real para el hombre. La reapropiación de lo desconocido forma parte de la misma tentación. Si bien la lengua clásica recurre a la expresión quenamican ”el lugar desconocido” para designar el lugar donde residen los muertos, utiliza también otra expresión simétricamente opuesta: tocenchan, ”la morada de todos nosotros”. La morada se refiere, en efecto, al lugar más conocido, al más familiar.

 


Nemi —al igual que la expresión ”vivir en”— puede tomar en español el sentido de ”habitar, morar en”, pero el sema ”desplazarse” subyace aún: así, podemos decir que habitamos sobre la tierra (nemi) pero estamos solamente de paso. Muchos textos le recuerdan al hombre que sólo está transitoriamente sobre la tierra y que deberá ceder el sitio a otros. Su verdadera morada —el lugar donde tanto el espacio como el tiempo se ensanchan— es tocenchan, la ”morada de todos nosotros”, expresión con que se designa el lugar donde residen los muertos.







Al igual que ciertas lenguas europeas —pienso aquí sobre todo en la oposición que hace el inglés entre home y house o el español entre ”hogar” y ”casa”—, el nahuatl distingue una visión subjetiva del habitat —nochan ”mi hogar” (la casa es concebida como el lugar donde se vive: en nahuatl moderno el prefijo marcador de posesivo es en este caso obligatorio)— y una visión de la casa como objeto —in calli ”la casa”, se calli ”una casa”, nocal ”mi casa” (la casa es concebida como un objeto: en nahuatl moderno el prefijo marcador de posesivo no es obligatorio)—. El hablante expresa una relación afectiva más entrañable con su casa cuando utiliza la primera palabra (-chan), que la segunda (cali). Tocenchan, la morada de los muertos, es un lugar del que se apropian fuertemente los nahuas en la época clásica.








En los dialectos modernos la expresión Tocenchan ha desaparecido para designar el lugar donde moran los muertos, el Mictlan. Para nombrar este lugar, los nahuas recurren en la actualidad a cali. Este paso de -chan a cali se puede interpretar como un distanciamiento ante el objeto descrito: la relación con la palabra es menos estrecha a nivel afectivo.




Este distanciamiento respecto del Mictlan puede ser interpretado como un efecto secundario de la Conquista: al haberlo identificado los evangelizadores con el infierno cristiano resultaba difícil para los nahuas continuar considerando su ”propio hogar” (tocenchan) a ese lugar de tormentos eternos.
Actualmente, en la Sierra Norte de Puebla el Mictlan es designado por las palabras cali (nahuatl clásico calli) o tecali. El sentido primero de cali es, de hecho, ”refugio”; esta palabra designa tanto un refugio construido —una casa— como uno natural —una cueva—. La aparición de tecali, ”refugio de piedra (fe-)”, que significa exclusivamente ”cueva”, hace patente la voluntad de oponer con claridad dos conceptos: la cueva y la casa. Esta oposición restringe el significado de la palabra cali, que designa así exclusivamente la casa, el habitat urbano.


 



Ambas palabras, cali y tecali, corresponden a dos visiones diferentes de la morada de los muertos. Los textos en los que aparece cali hacen del Mictlan un infierno cristiano, que es identificado con las casas de piedra donde habitan los mestizos. Ese infierno es descrito como una gran casa resguardada por soldados al servicio de su jefe, el diablo, quien, cabe hacer la aclaración, es un blanco.
Los textos en los que es empleada tecali minimizan esos detalles para poner énfasis en la multitud humana que se despliega en un lugar subterráneo. Se expresa aquí una creencia, antigua pero aún vigente, de que el muerto va a encontrar a sus padres, a sus ancestros, en el más allá. En el Mictlan cueva (tecali) el muerto encuentra a sus ancestros, mientras que en el Mictlan urbano (cali) se topa con los diablos de origen cristiano.




Precisemos que en el sincretismo cultural dos visiones del mundo pueden coexistir, a condición de que no sean contradictorias. Con frecuencia los relatos recopilados mezclan los rasgos del cali con los del tecali. Han sido aquí distinguidos en aras de la claridad de la exposición.



 

 La visión simbólica propia de los nahuas del este hace surgir la creencia en una morada de los muertos ubicada en una cueva inmensa. El ancestro original es esa dualidad llamada Talocan ”nuestra madre, nuestro padre nutricios”, a la cual —aún hoy en la Sierra Norte de Puebla— se rinde culto en las cuevas más profundas, las entradas de Talocan. El ancestro mítico está situado en el corazón del mundo; es el origen y el fin de toda la humanidad. El muerto encuentra en la cueva la cadena de sus ancestros, que se remonta hasta sus orígenes.




 



 Texto y fotografías de San Miguel Tzinacapan Tsinakaapan